Por Eugenio Semino
La sucesión de asaltos a adultos mayores que se viene registrando en nuestro país - en especial en la capital argentina y ciudades de la provincia de Buenos Aires - ha suscitado, además de la consiguiente preocupación, un alud de interpretaciones, interrogantes y polémicas. También, aunque en una proporción mucho menor, comenzaron a esbozarse algunas propuestas sobre el modo de enfrentar los hechos.
Las preguntas son múltiples. ¿A qué obedece esta escalada de maltrato?¿Cómo puede explicarse? ¿Hay posibilidades de evitarla? De qué modo actuar? Se requieren algunas precisiones sobre la situación.
Por un lado, hay que tener claro que estos sucesos no irrumpieron abruptamente sobre el final del 2005 sino que se producen desde bastante tiempo antes. En algunos casos específicos – como el de la ciudad de La Plata- , se registran con frecuencia y sostenidamente desde hace más de un año. Lo que sí supone una modificación significativa es su crecimiento en número y, sobre todo, en nivel de violencia. Pero no son hechos nuevos y, menos aun, ajenos a una a sociedad donde la discriminación de los adultos mayores es moneda corriente. Es bajo esos supuestos que deben ser analizados si se aspira a encontrar soluciones efectivas.
Hablemos del maltrato ¿Qué se entiende por maltrato al adulto mayor? La Red Internacional para la Prevención del Maltrato al adulto mayor (INPNEA) lo define como “un acto (único o reiterado) u omisión que causa daño o aflicción a la persona y que se produce en cualquier relación donde exista un expectativa de confianza”. En los últimos años la sociedad ha comenzado a tomar conciencia de esta atrocidad oculta. Y aunque con frecuencia se cargan las tintas sobre el maltrato doméstico (como si fuese más ignominioso que el institucional), la importancia de este último no puede subestimarse.
Una de sus raíces está en la baja calidad de las democracias de países no desarrollados como el nuestro, donde la escisión entre el concepto de “derechos” y el de su respectivo ejercicio genera la ficción de igualdad entre los ciudadanos (cuando en realidad solo son “iguales” aquellos que tienen la disponibilidad material para ejercerlos).
Ocurre que la sodomización del derecho a la economía ha llevado a generalizar el maltrato sobre los sectores de población que han sufrido los ajustes económicos. Tal es el caso de nuestros Adultos Mayores, quienes han dejado de ser “sujetos de consumo” para pasar a ser “objetos a ser consumidos” según el criterio del mercado.
Es en este marco que se dan los abandonos o vejaciones que sufre el viejo en su entorno convivencial, ya sea a manos de cuidadores informales (familiares, vecinos) o profesionales.
Al respecto, la ONU ha señalado que la principal forma de maltrato a las personas mayores es la relacionada con la privación del ejercicio de los derechos fundamentales y la falta de igualdad de oportunidades, es decir, la imposibilidad de acceso a la sanidad, el analfabetismo, la falta de libertad, la carencia o insuficiencia de las pensiones. Vale la pena señalar que esto debería ser tomado o muy en cuenta cuando se “juzgan” con ligereza ciertos comportamientos de cuidadores informales (que, en multitud de casos, requieren conocimientos e insumos en lugar de censura y castigos).
En otras palabras, podríamos decir, parafraseando a Bertold Brecht , “como hemos demostrado no poder mejorar la hipocresía debemos de una vez por todas decir la verdad”. Y esta verdad develará el maltrato generalizado que se ejerce sobre los integrantes de una sociedad que ha sido abandonada por el Estado a manos del mercado. De ahí la necesidad de recuperar al primer cuidador institucional que es ese Estado para luego, a la vez, ayudar a ese solidario cuidador informal que muchas veces no hace demasiado bien las cosas porque, en definitiva, es tan víctima como a quien cuida.
Mirar a otro lado
Más allá de estos señalamientos, es evidente que no siempre la sociedad parece preocuparse por el maltrato a los viejos. ¿Cómo se explica el escaso interés real? Antonio Moya Bernal y Javier Barbero Gutiérrez , subrayan dos fenómenros . En primer término aluden a la “gerontofobia pasiva” : nuestra sociedad no valora los aspectos positivos de la vejez y tiende a evitar y defenderse de las carencias y deterioros de la misma. La trata como si no tuviera que ver con nosotros. De hecho, la discriminación por la edad- ha sido una norma a lo largo de la historia y hoy sigue siendo una realidad palpable.
Por otra parte, se refieren a la dificultad para detectarlo y denunciarlo : como habitualmente no se lo tiene presente en tanto diagnostico diferencial, el maltrato sólo se detecta si hay un muy elevado índice de sospecha. En especial, cuando muchos de los factores de riesgo no aparecen, a partir de distintas situaciones. Por ejemplo, es frecuente que la persona mayor maltratada se sienta culpable por denunciar a aquel de quien depende para los cuidados y mucho más si se trata de un familiar. Además, puede tener miedo a denunciar al entender que no existen alternativas reales, efectivas, seguras y rápidas. También ocurre que las manifestaciones del abuso se confundan con los cambios propios del envejecimiento y no se de credibilidad a las afirmaciones del anciano.
Otra cuestión a considerar es que la multiplicidad de definiciones de maltrato dificulta la posibilidad del análisis ético de este tema. Al no introducir ni calificar entre los diferentes tipos, se pone en pie de igualdad: acción, omisión, intención, ausencia, o el medio socio cultural donde se produce el maltrato. No obstante nadie equipararía desde la moral, y menos desde lo legal, el hecho de que un médico propine una paliza a un anciano en un hospital, con que un cuidador informal con tres hijos, sobrecargado de trabajo, olvide cambiarle un pañal, aunque ambos hechos en la imbecilidad de la construcción del intelecto neoliberal puedan ser considerados maltrato.
Otra valoración indispensable en el debate ético, está dada por la intencionalidad subjetiva e intereses de quien lo causa, su persistencia y reiteración en el tiempo, y obviamente las diferencias existentes entre que el mismo sea causado por una institución, por personas con personalidad profesional o cuidadores informales, con escasa formación y pocos recursos.
¿Qué, quienes, cómo?
En el caso de los hechos que se intensificaron durante los últimos meses, una característica a tomar en cuenta, es que en gran parte de esos episodios las víctimas son asaltadas dentro de sus viviendas. En este sentido resalta que no han podido ser evitados por las medidas de seguridad tradicionales (rejas, puertas blindadas, cerraduras reforzadas, etc). Parecería que los delincuentes han detectado cómo entrar recurriendo al propio adulto mayor, a su historia. El viejo se crió en condiciones donde regían confianza y la solidaridad y esto hace a su memoria de vida. Ocurre entonces que las recomendaciones habituales (no abrir, chequear quién es, etc) son relativizadas. En el momento de actuar pesa más lo ya incorporado, como la confianza. O, en el otro extremo, el desconcierto y la parálisis.
Otro dato es que, en la mayoría de los hechos ocurridos, tanto éstos como las lesiones ocasionadas no fueron producto del uso de armas de fuego sino de armas blancas y de elementos existentes en la casa (palos, cuerdas, sábanas).
Esto remite a uno de los ejes del cuadro actual. ¿Quiénes son los delincuentes que están actuando? “No son como los de antes”, dicen los vecinos. Es que hasta hace unos años aparecían en su accionar frenos inhibitorios ante ciertas prácticas. Por ejemplo, pegarle a una viejita era mal visto hasta por los propios delincuentes y no lo pasaba bien en cárcel quien lo hiciera.
La cuestión es que, por lo general, ese asaltante provenía de una estructura familiar (por más conflictiva o problemática que fuera) donde existían vínculos entre jóvenes y abuelos. Y era una relación de respeto la que se daba con el adulto mayor, con el padre o, en otro ámbito, hasta con el jefe de la banda. Sea como fuere, había una identificación positiva con ese viejo. Otra es la situación que estamos abordando. El actual delincuente viene de la calle, donde vive como puede, y donde el viejo representa la debilidad, la pobreza....En una palabra: lo que él, que sobrevive si triunfa en la pelea, rechaza de plano, representa lo que no quiere ser. Sin dudas, se da en este caso una identificación negativa con el viejo. Por eso la agresión es tan brutal; es el “cuerpo a cuerpo”en el que el delincuente está matando su propio futuro, “está rompiendo el espejo que adelanta”.
Se observa en muchos de estos hechos mucho ensañamiento con la víctima y no pocos se preguntan el porqué. Es un tema complejo, donde entran diversos factores: el delincuente inexperto que ve en el anciano un objetivo simple, accesible, que no requiere casi más armas que el engaño, un cuchillo o lo que esté a mano...Y también interviene fuertemente la identificación negativa, el sentimiento que entra a jugar en el ataque directo del arma blanca, del cuerpo a cuerpo donde hay resistencia y saña, sin la mediación del arma de fuego, del disparo previsto y a distancia.
Viejos y jóvenes, excluidos que se enfrentan. Aquí uno no puede sino recordar la frase de José Martí: “los pueblos que no cuidan a sus niños no tienen derecho al futuro, y los que no cuidan a sus ancianos no tiene derecho a la historia”. El viejo agredido y el joven que delinque son dos síntomas de una sociedad en crisis, que se cruzan en un momento determinado.
Nuestras sociedades contemporáneas son sociedades en riesgo que de este modo muestran sus síntomas. En el reciente caso de Francia, la reacción violenta de los hijos de inmigrantes mostrando años de exclusión hace olvidar que allí mismo, no hace muchos años, diez mil viejos solos, sin cuidado, morían de sed ante una ola de calor. Ambos, inmigrantes y viejos, estaban excluidos y no sólo en el aspecto económico sino en otro, el relativo a las decisiones sociales, a la decisión de apartarlos, de confinarlos en la soledad.
Aquí vemos lo mismo. El predador natural de los adultos mayores ha sido el ministro economía de turno, que también confiscó el horizonte de los jóvenes. Los ataques a los viejos y Cromañón simbolizan la falta de cuidado de esta sociedad donde viejos y pibes mueren inútilmente.
¿Qué hacer frente a la ola de violencia que acosa a los viejos? La violencia, el maltrato, el abuso y el abandono del adulto mayor plantean problemáticas de alta complejidad, mal definidas y de difícil resolución para las que no alcanzan los procedimientos normatizados ni sirven las soluciones lineales. Pero, a la vez, son problemas que vienen para quedarse. Por eso enfrentarlas demanda respuestas audaces flexibles, innovadoras y con clara vocación de integración social.
Es frecuente que se sostenga un falso dilema. Una de las posturas, la que atribuye casi exclusivamente la violencia a la globalización y al capitalismo salvaje, plantea como única solución la instalación de un nuevo sistema social. La otra, que ve a la violencia como efecto no deseado del sistema social, llama a extirparla con “mano dura”. La polémica entre ambas posturas simplifica el tema y, más preocupante aun, impide actuar de un modo coordinado.. Entiendo que se deben generar otros caminos a partir de redes de contención alrededor del adulto mayor que actúen en tres dimensiones:
La dimensión macroestructural, a través de determinaciones políticas, económicas y sociales del estado a su más alto nivel.
La dimensión media (mesoestructural), que supone determinaciones en el plano institucional de los organismos específicos (PAMI, ANSES y otros) implementadas en acciones diversas: formas de acompañamiento, trabajo en común con organizaciones barriales y otras- dirigidas específicamente a rescatar al viejo de su soledad y asilamiento para que vuelva a tener protagonismo. Creo que éste es un aspecto básico y que debe ser preservado ante supuestas “medidas de seguridad” que arriesgan reforzar el aislamiento. Los asaltos a los viejos, el modo en que se los exhibe y algunas baterías de “consejos” pueden generar mas soledad aun al impulsar a los ancianos a recluirse, a asilarse. Hay que tener en cuenta que “a mayor soledad, mayor vulnerabilidad” (tanto psicológica como ante el hecho delictivo). De ahí la necesidad de retomar la relación social y colectiva.
La dimensión microestructural, que hace a los planes vinculares y relacionales, a las redes familiares y vecinales. En esto se comienza a actuar ahora: aunque de a poco, hay varios círculos y clubes de jubilados donde los abuelos se están reuniendo a conversar sobre lo que sucede y cómo enfrentarlo. Y empezar a hablar es fundamental.
En síntesis, no hay salida posible sin la participación fuerte del Estado, las organizaciones sociales y sin el protagonismo de los viejos. Como en no muy lejanas etapas de nuestra historia y del mismo modo que ocurre ante otras exclusiones, ningún ataque a un sector de la población sería posible sin una sociedad indiferente, que mira a otro lado. En la cuestión de la tercera edad nadie puede sorprenderse: los “pobres viejitos” asaltados y asesinados son los mismos que gran parte de la sociedad ya dio anticipadamente por muertos.
Eugenio Semino